El momento es ahora. El parque de la Ventilla.

9 de noviembre de 2009 -

Hace ya bastantes meses, en el transcurso de mis paseos diarios por el parque de La Ventilla (amplia franja verde de suaves hondonadas cubiertas de vetustos pinos y ocasionales macizos de acacias, situada entre Vía Límite y Sinesio Delgado, al norte del distrito madrileño de Tetuán), observé con creciente desasosiego que había toda una serie de árboles marcados de rojo a lo largo y ancho del boscaje. Pasó el tiempo, no obstante, y no ocurrió nada, con lo cual llegué a la ingenua conclusión —más bien se trataba de una vana ilusión de la que había conseguido convencerme— de que los funestos planes que siempre anuncian estas siniestras marcas pintadas en los árboles debían de haber cambiado, y no habría talas en el pinar.

Pero el pasado miércoles, día 4 de noviembre, volvieron a aparecer numerosos ejemplares marcados en el parque. A ojo de buen cubero, yo diría que ocho de cada diez árboles estaban marcados o pintados de color rojo. Y al día siguiente, sin darme tiempo siquiera a asimilar los temores que este nuevo augurio me hacía albergar, mis peores sospechas se confirmaron: la tala salvaje dio comienzo.

Estuve la tarde del jueves 5 en el pinar. El panorama era desolador: pinos abatidos y amontonados en tales cantidades que en muchos sitios era imposible caminar por las veredas del parque. Media docena de operarios se encontraban enfrascados, motosierra en ristre, en las labores de destrucción arboricida. En lo alto de una de las lomas, un buldózer gigantesco retiraba troncos y removía la tierra.

Un periodista de la Agencia EFE, que a instancias mías y de Ecologistas en Acción se había puesto en contacto con el ayuntamiento, me comentaba ayer (viernes 6) que las autoridades correspondientes le habían informado de que se trata de una operación de «saneado» y «adecentamiento» que persigue hacer un clareo y limpieza en el parque de La Ventilla, con el supuesto fin de mejorar las condiciones del pinar, y que posteriormente se plantará un número indeterminado de árboles nuevos, de entre un metro y un metro y medio de altura.

Los argumentos del ayuntamiento son más o menos los de siempre: nos dicen que muchos de los árboles estaban enfermos o torcidos (¡como si el hecho de que un árbol estuviera torcido justificara su tala!), y que había que sanear el pinar, para que los ejemplares que se encontraban en mejores condiciones pudieran «respirar» y fortalecerse, consiguiendo con ello una mejora de la masa arbórea.

En relación con esta nueva intervención de Parques y Jardines, cada uno tendrá que dar su veredicto individual, visitando si es posible el lugar y formándose una opinión al respecto. Mi opinión personal es que el mejor gestor político es el que no hace nada, porque cuando las «autoridades» se ponen a pensar, y a moverse, y a ejecutar proyectos, el desaguisado no suele tardar en hacerse realidad.

Para mí, estas actividades de destrucción ecológica legal tienen que ver con el famoso «Plan Chamartín»; una faraónica operación de especulación urbanística que va a cambiar la fisonomía de toda esta zona del norte de Madrid, y que de hecho ya lo está haciendo, tras la erección de las llamadas Cuatro Torres en los antiguos terrenos de la Ciudad Deportiva del Real Madrid, y la construcción, actualmente en marcha, de un nuevo palacio de congresos en las inmediaciones de las megatorres mencionadas.

Lo próximo será, sin duda, el túnel de la avenida de Monforte de Lemos: ocho carriles subterráneos que se llevarán por delante decenas de árboles en el Barrio del Pilar, y que posiblemente se coman una porción considerable del parque del Norte, al margen de poner en peligro la estabilidad física de los edificios que se encuentren en sus inmediaciones (recordemos, en este sentido, la catástrofe que se produjo en 2005 en Barcelona, con el hundimiento del barrio del Carmelo a causa de unas obras).

Creo que convendría no perder nunca de vista que el «patrimonio verde» no es propiedad de los burócratas que dicen administrarlo; es propiedad nuestra. La tierra, los árboles, los ecosistemas y todo lo que llevan consigo, nos pertenecen a nosotros, los hombres y las mujeres de a pie. Y somos nosotros quienes costeamos, a través de los impuestos que los burócratas nos obligan a pagar, su mantenimiento y conservación. La perversa ironía de estas temerarias actuaciones oficiales es que no solamente nos las imponen sin la más mínima consulta previa, sino que luego encima nos las cobran, puesto que todas ellas se financian con nuestros tributos.

Hace demasiado tiempo que a los miembros de la «intocable» clase política se les olvidó que son ellos los que están ahí para servirnos a nosotros, y no al revés; que somos nosotros, y no ellos, los que deberíamos tener la última palabra en lo referente al buen gobierno de la comunidad. Quizá haya llegado el momento de refrescarles de una vez por todas la memoria.

A estos locos sólo una cosa puede detenerles: la acción directa. En manos de quienes todavía tengan un mínimo de sensibilidad —no ya ecológica, sino simplemente humana— está ponerles freno a sus desmanes.

ROGER WOLFE Vecino de Ventilla - Almenara





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